a caballo regalado

30 ago

El jueves a la tarde fuimos a la Free Yard Sale. Algo así como una Venta de Jardín Gratis. Paradójico, pero real.

Famosa y esperada por muchos, en esta ciudad, la feria es organizada exclusivamente para estudiantes nuevos. Los viejos, a la cola.

Para que se la imaginen la cosa funciona más o menos así: En el jardín externo de una casa, ubicada en una esquina, se despliegan todo tipo de mercancías. Desde colchones y sábanas, hasta microondas y televisores, pasando por pelapapas, servilletas o canastos para el pan.

La casa es de Tim. Un hombre que pesa más de 150 kilos y vive con su familia. Tim mira serio el panorama; está sentado en una punta estratégica sobre una banqueta reforzada que lo sostiene con dificultad. Su remera pintada con los colores del arco iris, le dan un aspecto simpaticón, pero Tim no sonríe nunca.

Todo está ahí, a la espera de una seña del jefe que active una voz de mando que diga Now! Las cintas atadas a sillas, haciendo de vallas protectoras, desaparecen en ese preciso instante. La gente se abalanza sobre muebles y utensilios. Algunos se acuestan en un colchón, otros se acomodan en los sillones y estiran las piernas, acaparando una mesa ratona. Están los que cuelgan su campera en el perchero, a modo de reserva y los que ponen en cajas de cartón lo que van juntando.

 

Así, se puede disfrutar de un paisaje extraño, pero atractivo. Una chica aferrada a un acolchado de peluche fucsia y otra que la mira con cara de puaj. Cosas muy usadas con olor a mucho tiempo y otras casi nuevas con olor a casi nuevo.

Los chicos con los que fuimos se llevaron, entre otras cosas, una Polaroid que quizás nunca ande.

Nosotros, por nuestro lado, partimos con un talco tamaño miniatura, una azucarera, moldes para tortas, fósforos, cuchillos, vasos, tazas y, fundamental: un modernísimo set para limpiar armas. Ahora sí, estamos hechos; no nos falta nada.

 

 

utilísima

23 ago

hoy les voy a dar unos pequeños consejos para lograr que la uña del dedo gordo del pie vuelva a su lugar de origen:

luego de que la noche anterior, alguien sin darse cuenta le diera una patadita y la dejara así:

 

antes que nada, tomar un coctail de pastillas de colores. en su preferencia, elegir esas que tienen una gran lista de contraindicaciones. es imprescindible dormir bien.

a la mañana siguiente, preparar un bowl con agua y mucho hielo, y sumergir el dedo ahí. dejarlo un  largo rato, hasta sentir que está anestesiado.

en caso de desconfiar de la anestesia casera, morder bien fuerte un pedazo de madera o, en su defecto, un repasador.

sacar el pie del agua helada, hacer presión con las manos hasta bajar la uña lo máximo posible.

luego, envolver el dedo con una venda y cinta de la que tengan a mano. en mi caso, cinta de pintor.

por último, embellecer el pie lastimado con una media, por ejemplo, de color gris.

y fundamental: organizar un plan al aire libre, en lo posible con agua. pasar gran parte del día con el pie sumergido.

las piedras, un golpe con un remo, los troncos y un sacudón en el bote, harán lo que falte.

Voilà

más vale tarde que nunca

16 ago
mamá me dijo más de una vez: vos nunca aprendas a hacer de todo. creo que era una frase que usaba su abuela y mamá la aplica, habitualmente, cuando papá hace un asado; ¿asado? no tengo ni idea cómo se hace, ni tampoco pienso tenerla.
debo confesar que no aprendí muy bien la lección que mi madre quiso inculcarme; aunque ayer, por primera vez, la llevé a la practica.    
 
eran las 11 de la mañana. con ale fuimos a regar las plantas de su proyecto y de ahí, partimos rápido a almorzar a lo de fernando, un tucumano al que conocimos hace unos días en el walmart. pasamos cerca de donde él estaba y nos escuchó hablar; enseguida nos preguntó si éramos argentinos; ante nuestro sí, lo miró a ale y le preguntó si era alejandro; ahí arrancamos. hablaron de soja por más de media hora y esa misma noche nos vinimos los tres a casa a comer un asado.  
  
fernando es muy simpático y también muy tranquilo. dice has visto? a modo de muletilla; machado en vez del mamado que nosotros conocemos y habla con la r convertida en ye. su canto no es tan pronunciado como el de los cordobeses, pero se le parece bastante.  
  
 
llegamos temprano al departamento treinta y pico de la calle storer donde, en lugar del tucumano, nos esperaba un cartel.

entramos y, casi sin dudarlo, atacamos las deliciosas empanadas de pollo, tal como el dueño de casa había indicado.
  
 
  
al rato llegó el anfitrión  y nos dispusimos los tres a pasarla bien y, cómo no decirlo, a disfrutar de un increíble banquete compuesto por empanadas, canelones de espinaca y budín de pan de postre. yo tomé agua; los chicos, vino argentino.
 
 
 
después de charlar largo y tendido acerca de varios temas y esquivando casi del todo el que más les gusta, nos fuimos. había que volver a regar.
 
 
saludamos a fernando  y le agradecimos por lo lindo que lo habíamos pasado. 
ale no disimulaba su sonrisa morada y yo, mientras manejaba, no disimulaba mi orgullo de haberlo logrado. de no haber pedido ninguna receta; de no haber preguntado ni siquiera cuál era el secreto.
 
 
¿empanadas tucumanas? ¿budín de pan? ¿canelones de espinaca? no, no tengo ni idea cómo se hacen, ni tampoco pienso tenerla.  
 

la calor apesta

13 ago
voy a ser sincera: en realidad, no tengo novedades para escribir en el blog, ya que mi vida es un conjunto lleno de subconjuntos que a la vez están llenos de rutinas diarias.
 
pero, así y todo, no quería dejar de compartir con ustedes lo que el calor, con temperaturas de casi 40 grados, y mi consecuente encierro en esta casa, con aire acondicionado y mucho ventilador, han logrado por estos pagos.
 
las plantas se murieron prácticamente todas.
 
 
 
el pasto, también.
 
 
 
el nivel del dulce de leche que encontré la semana pasada en un supermercado descendió, y continúa descendiendo, a pasos agigantados.
 
 
 
mi pelo ha sido sometido, nuevamente, a una peligrosa intervención quirúrjica.
 
 
 
 
 
la costura y producción de muñecos de tela creció.
  

 
 
y el desorden acompañó el crecimiento.
 
 
 
 
pues este fue un breve reporte desde nuestro hogar en fayetteville, arkansas.
intentaré controlar la situación para que el otoño, por lo menos, no me encuentre calva ni obesa.
el caos, los muñecos y el deceso de plantas y pasto, en lo que a mí respecta, puede continuar.

chatni con clouvs

10 ago

la receta me la pasó mamá, con la siguiente aclaración: yo nunca la hice, a mí me la pasaron y la guardé tal cual, pero me pareció que estaba súper clara. dejate llevar y te va a salir muy bien. lo que más trabajo te va a dar va a ser conseguir todo lo que lleva.

miré bien en la cocina todo lo que yo tenía y me di cuenta de que faltaba algo. así que, después de buscar en internet la traducción al inglés del condimento ausente, partí al supermercado para conseguirlo.

 

  

helen se me acercó por la derecha. apenas me llegaba al hombro. me di cuenta de su presencia por el perfume que tenía puesto, muy rico y conocido para mí; aunque como no entiendo nada de perfumes nunca podré decir cuál era su nombre. lo primero que le vi fue un cartel colgando del bolsillo de su camisa que decía helen, y algo más que no pude leer ya que opté por no quedar tan desubicada.
  
me preguntó qué necesitaba. primero le dije que nada; después, al verla quedarse quieta a mi lado, insistente, aproveché. es que, en realidad, algo estaba buscando; y se lo dije: busco clouv. me miró desorientada. cómo? clouv, repetí mientras acercaba mis dedos índice y pulgar de la mano derecha, a un centímetro de distancia el uno del otro; como quien dice chiquitito con señas. pero helen, ni mú.
 
 
 
  
en ese instante, ante su cara llena de signos de pregunta, quise que hablara español. quise decirle que en nuestro país le decíamos clavo de olor. que en mi casa, cuando hacían algo con clavo de olor, la cocina se convertía en el consultorio de un dentista. pero no hice a tiempo, ya que helen se adelantó y descubrió a qué me refería. ou! clooouuuuvvvv. instantáneamente me acordé de mamá y de sus clases de pronunciación. yes, cllllooooooooouvvv, dije exageradamente y asentí. tuve ganas de decirle que tampoco era tan distinto a lo que yo había mencionado; pero me contuve y, en cambio, le sonreí. acá no hay, dijo suavemente, pero dejame que voy a ver si te consigo.
 
seguí entretenida, entonces, mirando las especias que había en el sector verduras de la cadena harps; a los minutos volvió. sus canas onduladas adornaban toda su cabeza. los labios pintados de un rosa pálido y sus ojos celestes, le daban a helen un estilo señora paqueta que poco tenía que ver con el de un repositor de góndolas.
 
 
  
 
orgullosa de haber encontrado los clooouvvvs, estiró la mano y me entregó un frasquito lleno. las dos nos pusimos contentas por el hallazgo, y enseguida empezamos a charlar. yo le conté a helen acerca de las toneladas de tomates que tenía en mi heladera; de mi pedido de auxilio a madre, tías y abuela. de las ideas, a modo de respuesta, de hacer tomates en conserva, gazpacho, dulce, tomates secos al sol y chutney. 
ella me preguntó de dónde era, me dio la bienvenida y, cuando me iba, a mi muy atento gracias en inglés, helen me contestó con un divertido denadau en castellano.
 
 
 
 
  
llegué a casa, metí lo que faltaba en la bolsita de tela y una vez lista, la sumergí en la cocción. después cerré los ojos, y me transporté un buen rato a la cocina de casa en tandil donde, otra vez, pude sentir aquel olor inolvidable a dolor de muelas.
  
 
 

eureka, lora y el joy

4 ago

 

 

después de hacer la correspondiente llamada desde la puerta de entrada, apareció laura. a laura le diré, a continuación, lora. ya que así es como se pronuncia acá y así quiero que la imaginen. lora vino corriendo por entre medio de los árboles. tenía unas bermudas oscuras que le llegaban a las rodillas y, arriba, en dos tamaños superiores al de ella, una musculosa con los colores del arco iris, al estilo batik.

  

  

llegó respirando con dificultad. imaginé que más por el cigarrillo que por su edad. no tenía más de 50 años. tosió fuerte con el puño cerrado de su mano derecha cubriéndose la boca y, entonces, se dispuso a sonreír. a lora le faltaba la mitad de los dientes de arriba, pero su sonrisa era linda igual.

nos dio la bienvenida al motel joy y nos ubicó, a modo de galardón, en un cuarto frente a la pileta. es mucho mejor, aclaró.

el motel, por fuera, era simpático. varios colores, carteles y, sobre todo, mucho verde alrededor. dejamos el auto, bajamos nuestra ropa metida en varias bolsas de walmart, la heladerita con cervezas y agua; unos libros y nada más.

la primera impresión al abrir la puerta 43 fue mitad espanto, mitad horror. para que lo entiendan: un sahumerio berreta tapaba el olor a cigarrillo del huésped anterior. la decoración era mezcla hippie con un toque de glamour. sillones retros de peluche violeta, un puf de color púrpura, una alfombra peluda de un naranja escandaloso, el acolchado lila y entre las almohadas, como frutilla del postre, un almohadón, también de peluche, chillaba en un verde fosforescente. los ceniceros eran flores transparentes; en las paredes había dibujos de jimmy hendrix y la cortina que nos aislaba del mundo, era un pareo multicolor.

  

  

 

pasado el shock inicial, y ya más tranquilos después del viaje, el joy nos cayó mejor, e incluso nos divirtió.

 

 

luego de un rato de descanso, salimos a recorrer eureka, un pueblo que no parece real. las casas de madera lucen pintadas alegremente. están las con sillas de mimbre blancas afuera para ver quién pasa, las que tienen en sus galerías varios enanos de jardín; hay otras con ciervos como mascotas; algunas con botellas azules colgando de las plantas; otras con muchas flores; con magnolias en macetas; y todas pero todas con muchos chirimbolos de esos que cuelgan y hacen sonidos con el viento. porque eureka es eso: un chirimbolo hecho de alegría, amor y paz.

en este pueblo nada malo puede pasar. después de decirme eso, lora dejó la mesa que compartía con varias amigas, en la parte de adelante del motel. sacó un llavero gigante de su bolsillo de atrás y me consoló con un no hay ningún problema. pude ver la cantidad de pecas que se amontonaban en su frente y en sus cachetes. los ojos eran de color azul oscuro. tan oscuro que parecía negro. su pelo, lacio y rojizo.

caminamos hacia el 43. le pedí perdón por cuarta vez y me dijo que no había drama; que ella siempre pero siempre se olvidaba las llaves adentro. una vez en que su novio se había ido de viaje y ella estaba sola cuidando el motel como siempre cuando su novio no estaba, había cerrado la puerta de su casa y había dejado todas las llaves adentro. imaginate! todas las llaves del joy del otro lado y yo sin poder hacer nada. ese día, dijo lora ahora riendo, me puse a llorar.

ale nos esperaba afuera, descalzo; habíamos ido a la pileta a nadar. lora abrió la puerta con su llave maestra y mirándolo a ale, que a esa altura ya le había pedido perdón más veces que yo, le dijo no te preocupes, yo siempre pero siempre me dejo las llaves adentro, incluso una vez en que mi novio no estaba, me puse a llorar. por suerte, esta vez, lora fue concisa y concluyó a la brevedad. no se preocupen que acá en eureka nada malo les puede pasar.

perros y berenjenas

29 jul
emily tiene ocho años y muchas pero muchas ganas de hablar. su pelo lacio y castaño claro, apenas tapa sus orejas. su flequillo recto acompaña todos sus movimientos.
estábamos en la cola del supermercado. ella adelante con su papá; yo, sola, atrás. yo, aceite de canola, pimienta, orégano y vinagre de alcohol, en mano. ella, un bobble dog.
 

busqué bobble en internet y me encontré con borla. es decir, no me quedó nada claro. pero para que entiendan cómo era el perrito, piensen en esos animales que en nuestro país, generalmente, tienen los remiseros o taxistas en sus autos  -en sus diferentes versiones: tigre, león, perro o caballo-. emily llevaba consigo, entonces, el perro con cabeza móvil que le acababa de regalar su papá. la única condición impuesta era que no lo pegara en ninguno de los vidrios de su auto. que cuando ella tuviera el suyo propio, pues podría ubicarlo allí.
 
el cuello de emily tenía dos o tres pliegues rellenos de transpiración. las uñas de sus manos y de sus pies estaban pintadas de todos colores. por un momento, dejó de hablarle a su padre y me mostró, sonriendo, a su bobble dog. ante mi pronta respuesta llena de gestos exagerados, me dijo que le iba a poner bobble. porque bobbleaba la cabeza; o algo así. le sonreí en inglés y automáticamente, me sentí una señora muy mayor a punto de agarrarle los cachetes a una criatura y decirle qué lende nene; la boca estirada y hablando con e.  
 
luego de volver a mi edad real, le mostré mi canasto y le dije con un pucherito, que yo no tenía bobble dog. y le conté que todas esas cosas aburridas eran para intentar hacer una receta que hace siempre mi mamá. emily me escuchó atenta y antes de irse me saludó. después la vi correr al auto, apurada, adelante de su papá.
 

 
yo me vine feliz a casa, a intentar hacer las berenjenas al escabeche que tan ricas le salen a mamá, desde que tengo uso de razón. las corté, las puse en sal, las enjuagué y las puse al fuego. mientras hervían las miré con atención; como intentando adivinar cuál era el punto justo. ahí mismo fue que me di cuenta de que no entendía nada acerca de este tipo de cocción. cuando las saqué ya era tarde; y estuve apasitos de hacerlas puré.
 
 
pero no.  en cambio de triturarlas, hice como si no hubiera pasado nada, y las puse en un frasco siguiendo el ritual. no sin antes, claro, mirar a los costados, para asegurarme de que nadie pudiera descubrirme.
y, entonces, la vi a emily. también miraba a sus costados, mientras pegaba a bobble, con una ventosa, a uno de los vidrios del auto de su papá, para que nadie se diera cuenta.
 
 
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