El jueves a la tarde fuimos a la Free Yard Sale. Algo así como una Venta de Jardín Gratis. Paradójico, pero real.
Famosa y esperada por muchos, en esta ciudad, la feria es organizada exclusivamente para estudiantes nuevos. Los viejos, a la cola.
Para que se la imaginen la cosa funciona más o menos así: En el jardín externo de una casa, ubicada en una esquina, se despliegan todo tipo de mercancías. Desde colchones y sábanas, hasta microondas y televisores, pasando por pelapapas, servilletas o canastos para el pan.
La casa es de Tim. Un hombre que pesa más de 150 kilos y vive con su familia. Tim mira serio el panorama; está sentado en una punta estratégica sobre una banqueta reforzada que lo sostiene con dificultad. Su remera pintada con los colores del arco iris, le dan un aspecto simpaticón, pero Tim no sonríe nunca.
Todo está ahí, a la espera de una seña del jefe que active una voz de mando que diga Now! Las cintas atadas a sillas, haciendo de vallas protectoras, desaparecen en ese preciso instante. La gente se abalanza sobre muebles y utensilios. Algunos se acuestan en un colchón, otros se acomodan en los sillones y estiran las piernas, acaparando una mesa ratona. Están los que cuelgan su campera en el perchero, a modo de reserva y los que ponen en cajas de cartón lo que van juntando.
Así, se puede disfrutar de un paisaje extraño, pero atractivo. Una chica aferrada a un acolchado de peluche fucsia y otra que la mira con cara de puaj. Cosas muy usadas con olor a mucho tiempo y otras casi nuevas con olor a casi nuevo.
Los chicos con los que fuimos se llevaron, entre otras cosas, una Polaroid que quizás nunca ande.

Nosotros, por nuestro lado, partimos con un talco tamaño miniatura, una azucarera, moldes para tortas, fósforos, cuchillos, vasos, tazas y, fundamental: un modernísimo set para limpiar armas. Ahora sí, estamos hechos; no nos falta nada.












































