no sé si tiene nombre, pero yo le digo síndrome dominical, y ale lo sufre como muchas personas que se levantan los domingos y, sabiéndose en ese día, se deprimen per se. ayer a ale no le dio el tiempo para deprimirse. el teléfono sonó a las 9 en punto. yo estaba despierta desde hacía rato. llamaba andy, y era para él. le acerqué el celular con su ring tone violento y así se despertó, de manera violenta: ángulo recto, ojos cerrados, pelos parados. hoy es domingo?! hoy es domingo!? sí, contesté, y cortó el teléfono. le dije que lo llame a andy ya. que él mismo había arreglado esa llamada. y, obediente, así lo hizo. simuló estar despierto desde la madrugada, con voz entera y palabras seguras. cortó y se volvió a dormir.
el encuentro era a las 10.30 en la casa de andy. y a esa hora estuvimos, puntuales como dos señoritos ingleses.
fuimos con bolsas y ropa ad hoc. andy salió a recibirnos con tamiz y receta en manos. nos dio un par de indicaciones a seguir, acerca de cantidades de azúcar, harina y nueces y luego nos dirigimos a nuestros respectivos autos.
el plan era el siguiente: juntar persimmons para hacer un pudding. los persimmons son más conocidos por nosotros como caquis, aunque si me dan a elegir me quedo con el nombre en inglés. el pudding es como un budín. resulta que el año pasado probé el pudding que hizo andy y le pedí la receta, y desde aquella vez había quedado el plan pendiente que, finalmente, ayer concretamos.
antes de contarles acerca de la recolección de caquis, voy a presentarles a andy, el subjefe de ale.
andy es originalmente de mississippi, y vivió en ese estado durante la época en que los baños se dividían en “para gente de color” y “para gente blanca”. tiene poco pelo, usa anteojos, es muy flaco y muy alto. andy trabajó con radiación, y hoy su cuerpo sufre las consecuencias. es renegado, no le gustan los protocolos, nunca va a las reuniones sociales de trabajo, hace chistes, y le encanta jugar al golf. ayer nos acompañó con daisy, su perra. tammy, su mujer, se quedó durmiendo.
daisy es una de esas perras con forma de perro grande pero con tamaño de perro chico, y con muchos pero muchos kilos de más. ahora, debido a su sobrepeso, está a dieta, con mitad de ración de sus comidas y doble ración de vegetales; lo cual, según parece, no ha hecho mucho efecto todavía; daisy tiene asma y algún que otro problema para respirar.
allá fuimos, los cuatro, en dos autos, a un colegio de la calle old missouri. para llegar al objetivo, había que pasar por un alambrado de púa. era propiedad privada y a mí me encantó sentirme un poquito en argentina haciendo esas cosas impensables para nosotros, hasta ayer, por estos pagos. los árboles estaban sin hojas. los caquis, listos luego de las primeras heladas. andy nos mostró uno y nos explicó que ya estaba maduro, listo para comer. que si no está maduro y lo mordemos, se hace una pasta en la boca y nos la deja seca. andy hacía gestos acompañando las palabras. cara de pasta en la boca, cara de boca seca y ojos fruncidos. no sé si lo hacía porque supimos transmitirle un no te entendemos nada o porque es gestudo por naturaleza.
me acordé, en ese momento, del membrillo, de que si lo comés crudo también te deja la boca seca. también me acordé de la recolección de moras.
ale y andy sacudían los árboles para que caigan los caquis que aún no se habían animado a largarse desde allá arriba; daisy caminaba dos pasos y se tiraba agitada a respirar, para retomar la marcha; y yo, juntaba caquis arrodillada y otra vez, pensaba en las moras. en las tardes de verano en tandil, con los tuppers, con mamá, hermanos, primos, tías y amigas. me acordé de los brazos pinchados, de mi mano estirada para intentar llegar a la mora del fondo. de mi primo comiendo en vez de colaborar. de las caras moradas. del invento que me había hecho papá con una lata y un palo para alcanzar a las inalcanzables. me acordé de la competencia: a ver quién juntaba más. la balanza en casa; el momento de pesarlas, el olor a moras con azúcar en el fuego. la tarta, el dulce, la mousse.
aplasté un caqui con la rodilla izquierda y consideré que era momento de irnos. por suerte, todos coincidimos.
y así terminó la aventura; y nos volvimos a casa, a retomar el síndrome dominical. pero ya enfocándolo desde otro ángulo: desde una mañana llena de sol, otoño, hojas secas, andy, daisy, caquis, membrillos y moras.






















































